Una vez un hombre se tumbó en el suelo. La arena le sirvió de almohada. Durmió toda la mañana y cuando se intentó levantar no lo consiguió. Quería mover la cabeza pero no era capaz. Llamó a su mujer y le pidió ayuda:
- Niña, mira qué es lo que me sujeta la cabeza.
La mujer miró bajo la nuca del marido, y le pasó su mano suavemente. En vano. El hombre no se despegaba del suelo.
- ¿Entonces mujer? ¿estoy atado?
- No marido, echaste… raíces.
- ¿Raíces?
Ya se empezaba a arrimar la vecindad. Cada uno daba su idea. Murmuraban a su alrededor. El hombre aborrecido ordenó a su esposa: – ¡Corta!
- ¿Cortar el qué?
- Corta esa mierda de raíces o lo que sean… La esposa cogió el cuchillo e hizo el primer corte. Pero luego paró y asustada preguntó:
- ¿Te duele?
- Casi nada. ¿Por qué?
– Bonito, porque te está saliendo sangre…
Ella desistió guardando el machete. Él, agotado, pidió que alguién lo sacara de allí. Ayudenme suplicó. Se reunieron unos cuantos, gentes de la zona. Aquello era asunto de campesinos. Comenzaron a escarbar el suelo a su alrededor. Pero las raíces que salían de su cabeza eran más profundas de lo que podían imaginar. Cavaron hasta la altura de un hombre y las raíces continuaban hacia el fondo. Escarbaron más profundo que los cimientos de una montaña y no vislumbraban el fin de las raíces.
- Sacadme de aquí, gemía el hombre ya de noche. Se relevaban los hombres, cada uno sacaba una palada tras otra de tierra. Retiraron toneladas de arena, y vaciaron la profundidad de un agujero jamás visto. Y se trabajaron semanas y meses. Pero las raíces no sólo no tenían final, sino que seguían ramificándose más y más. Hasta que alguién conocedor de planetas dijo:
- Las raíces de esa cabeza dan la vuelta al mundo!
Y desistieron. Unos tras otros se retiraron. La mujer al día siguiente llamó a los sabios. ¿Qué haría para desprenderle al hombre la Tierra entera? Se puede tirar toda la tierra, y sacudir la arena que quede, dijo uno. Pero otro argumentó: así tendríamos que tirar el mundo entero y acumular un monte de arena del tamaño de la Tierra. ¿Y las raices? ¿qué haremos con él y con las raices? Hasta que el más viejo de ellos habló y dijo:
- La cabeza de él debe ser trasplantada. ¿Y a dónde, santo Dios? Se miraron unos a otros, esperando la respuesta del más viejo.
- Vamos a plantar su cabeza allá!!! y apuntó arriba, hacia las alturas celestiales. Los otros se miraban con extrañeza. ¿Qué quería aquel viejo decir?

- Allá. Allá en la Luna.

Y fue así la primera vez que un hombre puso su cabeza en la Luna. Ese día nació el primer Poeta

raizes de mía couto

Espero que os guste, el cuento es de Mía Couto, original en portugués y la traducción es mía, lo mejor que Zé… :) muchas gracias maría equipa, la piedra de Lisboa todavía me sirve de pisapapeles